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El motor que giraba distinto: la historia del Mazda RX-7 FD

Cuando Mazda apostó todo a un motor rotativo para pelearle a Japón entero un lugar en el podio de los deportivos

Redacción DSC 18 de septiembre de 2026 · 15:01 5 min de lectura
Foto: Anthonyharris at English Wikipedia / Wikimedia Commons (Public domain)

A principios de los noventa, Japón vivía su propia guerra de deportivos. Toyota tenía el Supra, Nissan el 300ZX, Mitsubishi el 3000GT. Cada fabricante mandaba a la calle su versión del sueño turbo, con motores de seis cilindros grandes, pesados, probados. Mazda, la más pequeña de las grandes, no tenía ese arsenal. Tenía algo distinto: décadas de terquedad invertidas en un motor que casi nadie más se atrevía a usar en serio.

Ese motor era el rotativo, el Wankel, un mecanismo sin pistones ni bielas que gira en lugar de subir y bajar. Mazda lo había adoptado desde los sesenta cuando otros fabricantes lo probaron y lo abandonaron por sus problemas de sellado y consumo. La marca de Hiroshima no lo soltó. Un año antes de que naciera el RX-7 de tercera generación, ese terquedad le dio la razón: en 1991 un Mazda con motor rotativo de cuatro rotores ganó una carrera de resistencia europea de máximo prestigio, la primera y única vez que un motor así se subía a lo más alto del podio en esa categoría. El RX-7 FD llegó al año siguiente cargando esa validación en la conciencia colectiva de la marca.

El motor elegido para la calle fue el 13B-REW, un rotativo biturbo con dos turbos que trabajaban en secuencia: uno entraba desde revoluciones bajas para evitar el retraso típico del turbo, y el segundo se sumaba después para sostener la fuerza arriba. Era una solución elegante a un problema real: los motores rotativos entregan poca fuerza a bajas revoluciones, así que Mazda resolvió con ingeniería de admisión lo que no podía resolver con cilindrada. El resultado era un motor compacto, ligero, capaz de girar con una suavidad que ningún seis cilindros de la época lograba igualar.

Esa compacidad no era un dato de folleto, era la columna vertebral del auto. Al ser tan pequeño y liviano, el 13B-REW se podía colocar muy atrás en el compartimento del motor, casi encima del eje delantero, lo que dejaba al RX-7 con una distribución de peso casi perfecta entre los ejes. Mazda diseñó la carrocería alrededor de esa ventaja: líneas bajas, curvas tensas, casi sin superficies planas, un cuerpo que parecía dibujado por alguien obsesionado con que no sobrara ni un gramo donde no hiciera falta. La filosofía interna de diseño que Mazda aplicó a ese proyecto insistía en que cada línea debía sentirse, no solo verse: el auto tenía que comunicar movimiento incluso detenido.

El auto llegó a Estados Unidos y a otros mercados occidentales a mediados de los noventa, pero su estancia fue corta. Las regulaciones de emisiones, cada vez más estrictas, le complicaban la vida a un motor que por diseño quema algo de aceite como parte de su lubricación interna, y las ventas nunca alcanzaron el volumen que Mazda necesitaba para justificar seguir homologándolo fuera de Japón. Ahí, en su mercado local, el RX-7 FD sobrevivió varios años más, recibiendo actualizaciones de potencia y de detalle hasta que la producción se apagó a inicios de los dosmil, cerrando la generación más celebrada de todo el linaje RX-7.

Quien maneja uno hoy entiende rápido por qué generó devoción. El motor rotativo no suena como nada más: no tiene el golpeteo grave de un seis cilindros ni el rugido de un ocho, sino un zumbido agudo y continuo que sube de vueltas con una linealidad casi eléctrica, sin las sacudidas de un motor de pistones. Combinado con un peso bajo para su época y una dirección directa, el RX-7 FD se maneja con una ligereza que muchos deportivos actuales, más pesados por norma y por equipamiento, ya no pueden ofrecer.

Pero esa misma pieza que lo hacía especial también lo hizo frágil. Los sellos de punta de los rotores, las piezas que sellan las cámaras de combustión, se desgastan más rápido que los anillos de un motor convencional, y un mantenimiento descuidado podía terminar en un motor fundido en pocos años. Esa fragilidad, sumada a lo caro que resultaba reparar un rotativo bien hecho, empujó a muchos ejemplares a manos de dueños que no sabían lo que tenían, y a un desgaste silencioso del parque circulante. Hoy encontrar un RX-7 FD original, sin modificar y con motor sano, es más difícil que encontrar cualquiera de sus rivales de aquella guerra japonesa de los noventa.

La cultura popular le dio una segunda vida que Mazda nunca planeó del todo. Apareció como protagonista en series de animación sobre carreras callejeras japonesas y en películas de acción que lo mostraron a nuevas generaciones que jamás vivieron los noventa, y eso mantuvo vivo el interés por un auto que la propia Mazda dejó de fabricar hace más de veinte años. La marca coqueteó después con la idea de resucitar el motor rotativo en otros proyectos, pero nunca volvió a construir algo con la pureza mecánica del FD: un deportivo pensado alrededor de un motor que gira distinto, en una época en que casi nadie más se atrevía a apostarle a esa diferencia.

Ver un RX-7 FD hoy, estacionado entre autos modernos, es ver una idea que ya no se repite: la de un fabricante mediano jugándose su identidad completa en una tecnología que el resto de la industria había descartado. No fue el más vendido ni el más rápido de su generación, pero fue, probablemente, el más honesto con lo que Mazda creía que debía ser un deportivo. Esa honestidad, más que cualquier cifra, es lo que sigue explicando por qué la gente todavía voltea a verlo pasar.

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