Los coches fúnebres dorados de Japón están desapareciendo: quedan solo 300
En 2019 circulaban 1,400 Miyagata Reikyusha; hoy los artesanos capaces de construirlos casi no existen
Los Miyagata Reikyusha, coches fúnebres japoneses tallados a mano con techos ornamentados, relieves religiosos y detalles dorados, están desapareciendo del paisaje automovilístico de Japón. Según la Asociación Nacional Japonesa de Coches Fúnebres, hoy sobreviven apenas 300 ejemplares, frente a los 1,400 que todavía circulaban en 2019.
Para los aficionados al motor, estos vehículos representan uno de los cruces más singulares entre artesanía religiosa y manufactura automovilística del siglo XX: carrocerías de lujo convertidas en santuarios rodantes, con un nivel de detalle que hoy resultaría imposible de replicar en serie.

La tradición nació a principios del siglo 1900, cuando los primeros coches fúnebres estadounidenses llegaron a Japón hacia 1910 y sustituyeron las procesiones a pie que trasladaban el féretro hasta el crematorio. Para conservar la solemnidad de esos cortejos, los carroceros japoneses empezaron a incorporar estructuras inspiradas en los templos budistas y los santuarios sintoístas, una tendencia que se consolidó tras la Segunda Guerra Mundial con la llegada de los funerales multitudinarios.
El investigador Shinobu Machida, citado por la publicación Tempura, calcula que en su época de mayor popularidad alrededor del 70% de los funerales japoneses utilizaba un Miyagata. Las bases más comunes eran berlinas de lujo como el Toyota Century, el Nissan President y el Nissan Cima, además de modelos estadounidenses como el Cadillac Fleetwood, transformados con dragones dorados, lámparas, tallas de madera, lacados y piezas metálicas elaboradas a mano. Algunos ejemplares llegaron a lucir hasta un centenar de adornos distintos.


El oficio detrás de estas carrocerías, comparable al de los artesanos que decoran templos, prácticamente se ha extinguido: ya no se fabrican unidades nuevas. La empresa especializada Torei Jidosha conserva algunos de los pocos ejemplares que todavía reflejan ese nivel de detalle.
El cambio en las costumbres funerarias japonesas, hacia ceremonias más íntimas y discretas, redujo la demanda de estos vehículos aparatosos. A eso se suman su alto costo, sus dimensiones y las restricciones de acceso que imponen algunos crematorios, además de un mantenimiento especializado que no todos los propietarios pueden sostener.

Fuera de Japón, algunos Miyagata encontraron una segunda vida en Mongolia y Laos, donde funcionan como templos móviles durante celebraciones comunitarias. Mientras tanto, en su país de origen, esta tradición automovilística sigue perdiendo ejemplares y artesanos capaces de preservarla.


