Rolligon: los neumáticos gigantes que nacieron de una barca inuit y hoy mueven petróleo en Alaska
Sus llantas de nailon inflan a solo 5 psi y permiten cargar hasta 30 toneladas sin dañar la tundra
En 1951, el maestro estadounidense William Hamilton Albee recreó en California algo que había visto años antes en Alaska: un grupo de inuit que usaba odres de piel de foca inflados para deslizar una barca cargada de carne. El resultado fue el Rolligon, un neumático descomunal de nailon y caucho que, siete décadas después, sigue siendo esencial para mover maquinaria pesada en uno de los terrenos más hostiles del planeta.
La innovación estaba en la presión: mientras un neumático convencional trabaja entre 30 y 35 psi, el Rolligon operaba con apenas 5 psi. Esa suavidad extrema repartía el peso del vehículo en lugar de concentrarlo, lo que le permitía pasar sobre obstáculos sin destruirlos ni hundirse. La revista Life describió el efecto de ser atropellado por uno como recibir un masaje enérgico, y Albee lo demostró en persona dejándose pasar por encima en varias sesiones fotográficas, incluida la célebre imagen de una mujer sonriente bajo un Chevrolet de siete toneladas equipado con Rolligons, publicada en Mechanix Illustrated en 1957.

El primer gran cliente fue el ejército estadounidense, que buscaba vehículos todoterreno para la guerra de Corea y montó los neumáticos en Jeeps, camiones REO y Dodge Power Wagons. El costo, sin embargo, resultó demasiado alto y Albee vendió la empresa en 1960. La patente pasó a John G. Holland, quien trasladó la producción a Texas bajo el nombre Rolligon Corporation y desarrolló modelos como el anfibio 4450 Marsh Skeeter y el 6650 6x6, con ruedas de más de metro y medio de ancho.
A finales de los años sesenta, la industria petrolera encontró en el Rolligon la solución para operar en el North Slope de Alaska sin arrasar el ecosistema: los vehículos ejercían apenas 2 a 3 psi sobre el terreno, suficiente para cruzar tundra, nieve, marismas y arena sin dejar cicatrices permanentes. Desde 1975, Crowley Maritime Corp. ha operado decenas de estas unidades, apodadas 'barcazas terrestres' por su capacidad de carga y su ritmo pausado: rara vez superan los 32 km/h, pero mueven hasta 30 toneladas sin necesidad de caminos.


La llegada del GPS modernizó la navegación de estos vehículos, que por seguridad siempre se desplazan en pareja. Según Crowley, sus Rolligons transportan cada año más de 7.5 millones de litros de combustible sin incidentes, y la compañía ha invertido en actualizar motores y transmisiones para reducir consumo y emisiones en un 33%. Hoy la marca pertenece a National Oilwell Varco, con sede en Texas, y sigue fabricando estos neumáticos para entornos donde ninguna carretera convencional podría sobrevivir.


