El etanol que Henry Ford soñó como combustible del futuro resurge en Francia
El Superétanol E85 cuesta 0,88 euros por litro, menos de la mitad que la gasolina sin plomo en ese país
A comienzos del siglo XX, la gasolina no era la opción obvia para mover automóviles. Henry Ford defendía el alcohol etílico, o etanol, producido a partir de maíz, caña de azúcar o remolacha, como el carburante llamado a dominar la industria. Ardía más limpio que la gasolina cruda de la época y liberaba a Estados Unidos de depender del petróleo importado.
El descubrimiento de yacimientos petrolíferos considerables en territorio estadounidense hundió el precio de la gasolina de forma duradera. La Ley Seca, vigente entre 1920 y 1933, terminó de sepultar la apuesta al volver casi ilegal la producción de alcohol, incluso para uso industrial. Con una red de refinerías y distribución en plena expansión, la gasolina se impuso por barata y fácil de conseguir.

El etanol tuvo una segunda oportunidad en Brasil durante los años setenta. Ante el choque petrolífero de 1973 y una factura de importación insostenible, ya que el país compraba más del 80% del petróleo que consumía, el gobierno de Ernesto Geisel lanzó en 1975 el programa Proálcool para producir etanol local a partir de caña de azúcar. En 1985, los autos que circulaban con etanol puro llegaron a representar el 85% de las ventas nuevas del país, pero la caída del precio del petróleo y el alza del azúcar como alimento derrumbaron el programa casi de inmediato. Los desabastecimientos en las gasolineras terminaron de minar la confianza de los conductores.
Medio siglo después, Francia revive la misma idea con el Superétanol E85, una mezcla de entre 65% y 85% de etanol, en proporciones similares a las que imaginaba Ford. Su fiscalidad exime casi por completo de impuestos a la porción de etanol, lo que coloca su precio en 0,88 euros por litro, frente a más de 2,23 euros de la gasolina sin plomo convencional y 1,90 euros de la sin plomo E10. El consumo del E85 se disparó 83% entre 2021 y 2022, impulsado por la indignación social contra el precio de los combustibles durante la era de los chalecos amarillos.


El E85 solo funciona en motores Flex Fuel o en autos adaptados con un kit de conversión, que añade una centralita y sensores adicionales. Fuera de Francia, casi ningún país europeo apostó por este combustible, con la excepción de Suecia, que entre 2002 y 2008 ofreció incentivos fiscales para impulsarlo. Alemania, Reino Unido y España producen más bioetanol que Francia en términos absolutos, pero lo destinan a mezclas convencionales como la E5 y la E10, o a la exportación, sin fomentar su uso en alta concentración.
Ningún otro país europeo alcanza hoy la cuota de superetanol que tiene Francia, cercana al 8% del mercado de combustibles. La diferencia no está en la tecnología ni en la disponibilidad de materia prima, sino en la fiscalidad: en el resto de Europa, el etanol paga los mismos impuestos que la gasolina sin plomo. La historia del etanol como carburante confirma un patrón que se repite con el coche eléctrico: la adopción masiva depende menos de la eficiencia o el impacto ambiental de una tecnología que de cuánto cuesta llenar el tanque.


