El Pantera: el deportivo italiano que se vendía donde se compraban los Lincoln
Cómo un argentino radicado en Módena convenció a Ford de poner su motor dentro de una cuña de diseño italiano
Imagina entrar a un concesionario Lincoln-Mercury en Estados Unidos a principios de los setenta, buscando algo parecido a un Continental, y encontrarte una cuña baja, ancha, con el motor atrás y líneas que no se parecían a nada hecho en Detroit. Eso era el Pantera: un deportivo italiano vendido junto a los sedanes más conservadores de la Ford Motor Company. La escena resume bien la historia completa del coche, porque el Pantera nunca fue un capricho de ingenieros europeos trabajando solos. Fue un matrimonio incómodo, y por eso mismo interesante, entre la ambición de un hombre que quería construir autos de calle y una empresa estadounidense que necesitaba un rival creíble para los deportivos europeos sin renunciar a la mecánica que ya dominaba.
Alejandro de Tomaso había llegado a Italia desde Argentina con una vida construida alrededor de las carreras. Corrió, fabricó monoplazas, tocó varias disciplinas del automovilismo antes de decidir que su empresa, instalada en Módena, podía dar el salto a los autos de producción. El problema de siempre para los pequeños fabricantes italianos era el mismo: diseñaban carrocerías espectaculares, pero sus motores artesanales encarecían el producto y multiplicaban los dolores de cabeza mecánicos. De Tomaso entendió que la manera de competir no era inventar un motor propio, sino conseguir uno que ya existiera, fuera confiable y estuviera disponible en cantidad.
Ahí entra Ford. La compañía ya conocía a De Tomaso de proyectos anteriores y vio en él una oportunidad de doble filo: ofrecer a su red de distribuidores un deportivo con acento europeo, carrocería firmada en Italia y el prestigio de un nombre exótico, pero con un corazón conocido y fácil de mantener en cualquier taller del país. Por eso el Pantera llevó un V8 Ford, el mismo tipo de bloque que equipaba a los muscle cars americanos, montado en posición central para darle al coche el comportamiento de un verdadero deportivo de carreras. Era una apuesta pragmática: la emoción italiana sin el riesgo italiano.
El diseño quedó en manos de Tom Tjaarda, trabajando para la carrocera Ghia, que por esos años también formaba parte de la órbita de De Tomaso y Ford. Tjaarda dibujó una silueta de cuña, extremadamente baja, con las líneas tensas que definían la moda de los setenta: nada de curvas nostálgicas, todo ángulos y planos que prometían velocidad desde el reposo. El resultado era un coche que parecía salido de una pista de carreras, aunque su destino comercial fuera la calle y, sobre todo, el mercado norteamericano.
Ahí está el detalle que hace memorable al Pantera: se vendía en Estados Unidos a través de los concesionarios Lincoln-Mercury, algo que hoy resulta casi imposible de imaginar. Un comprador podía entrar buscando un sedán de lujo y salir con un deportivo de motor central hecho en Italia. Esa distribución le dio al Pantera un alcance que ningún otro fabricante artesanal italiano había tenido antes, y lo convirtió, durante un tiempo, en el deportivo exótico más accesible del mercado estadounidense.
Pero la ambición trajo también sus costos. Los primeros años de producción estuvieron marcados por problemas de calidad: ajustes irregulares, propensión a la oxidación, detalles que no estaban a la altura del diseño. La anécdota más repetida sobre el Pantera, y que de verdad ocurrió, involucra a Elvis Presley, dueño de uno, disparándole a su propio coche con una pistola porque se negaba a encender. La historia circula como folklore automotriz, pero retrata bien la frustración de muchos primeros compradores: un coche hermoso que todavía no terminaba de resolver su ingeniería de producción.
En el terreno deportivo, el Pantera también probó suerte en competencias de resistencia europeas, donde su motor americano y su carrocería ligera lo volvían competitivo frente a rivales con mecánicas más delicadas. No fue una máquina dominante, pero sí demostró que la fórmula de motor robusto más carrocería italiana podía funcionar también sobre el asfalto de la pista, no solo en el papel de un plan de negocios.
Con el paso de los años, Ford se distanció del proyecto y De Tomaso siguió produciendo el Pantera con actualizaciones menores, manteniéndolo en catálogo mucho más tiempo del que cualquiera hubiera anticipado al verlo por primera vez en 1971. Esa longevidad habla de algo: el diseño de Tjaarda envejeció mejor que la mayoría de sus contemporáneos, y la combinación de motor accesible con estética radical resultó ser una fórmula que otros fabricantes repetirían después, aunque pocas veces con la misma honestidad comercial.
Hoy, ver un Pantera estacionado es presenciar un contraste que ya no existe en la industria: un coche que fue vendido como un Ford y soñado como un De Tomaso, construido para parecerse a los deportivos de carreras europeos pero pensado para sobrevivir en las carreteras de Estados Unidos. Su herencia no está en una cifra de producción ni en un podio específico, sino en haber probado que la exclusividad italiana y la practicidad americana podían convivir en un mismo chasis, aunque fuera a los golpes.


